El próximo gran reto de la inteligencia artificial será reinventar el papel del ser humano

Ago 10, 2026 | Innovación legal

Imagen actual: Inteligencia artificial

Por Sara Bustamante Blanco, CEO de Doclick

En un reciente viaje a San Francisco tuve la oportunidad de visitar Circuit Launch, donde su CEO, Alex Dantas, nos habló sobre inteligencia artificial y robótica. Salí de esa charla fascinada y, sobre todo, pensando distinto.

Antes de ese viaje creía que la conversación sobre inteligencia artificial seguía girando alrededor de la misma pregunta (¿la IA nos va a reemplazar?). Después de escucharlo, quedé convencida de que esa ya no es la pregunta correcta.

El futuro será humano

Hubo una frase que me quedó sonando desde ese día: «The future will be human-like». El futuro será muy parecido a lo humano.

Muchos insisten en que la inteligencia artificial nunca podrá igualarnos porque carece de sentimientos. Es probable que nunca los tenga. Y aun así, la reflexión que escuché apuntaba a otra cosa. Para transformar el trabajo, a una máquina le basta con ser lo suficientemente inteligente para comportarse como si los tuviera.

El debate de fondo es humano

El debate de fondo tiene que ver con las personas mucho más que con la tecnología.

Los empleos van a cambiar, mucho más de lo que ya están cambiando. Y lo interesante es que el verdadero desafío quizás no sea tecnológico, sino económico y político.

Hoy nuestra economía se sostiene sobre una idea sencilla. Una persona trabaja, genera valor, recibe un salario y con ese salario compra bienes y servicios. La pregunta que me dejó pensando es qué ocurre cuando la mayor parte de ese valor deja de generarla la gente.

Un ejemplo que me sigue dando vueltas

Para aterrizarlo, pensemos en algo cercano a nuestro mundo. Imaginemos una firma de abogados dentro de algunas décadas.

Hoy esa firma podría tener alrededor de 500 abogados, 100 asistentes y 50 personas en tareas administrativas. En total, unos 650 empleos.

Ahora imaginemos que la inteligencia artificial llega a hacer la mayor parte del trabajo jurídico. Redacta demandas, investiga jurisprudencia, prepara estrategias, negocia contratos e incluso participa en audiencias virtuales donde la ley lo permita.

En ese escenario, la firma podría funcionar con unos 10 abogados que supervisan, 5 ingenieros y 5 personas de atención al cliente. Veinte empleos en lugar de 650, produciendo incluso más que antes.

La firma gana, pero, al mismo tiempo, 630 personas dejarían de recibir un salario.

Ahora, cuando una fábrica o una firma produce casi todo su valor con sistemas automatizados, ¿a quién pertenece ese valor? 

Por defecto, uno diría que a los dueños y a los inversionistas. 

Así las cosas, la riqueza podría concentrarse aún más de lo que ya está hoy, y muchos economistas señalan justamente ese punto como uno de los mayores riesgos de una automatización muy avanzada.

La paradoja

Sin embargo, aquí aparece una paradoja que me parece fascinante. Las empresas necesitan clientes que compren, y esos clientes necesitan ingresos para poder comprar.

Una economía no se mueve solo porque existan empresas productivas. Se mueve porque millones de personas tienen dinero para consumir lo que esas empresas producen. Si la automatización elimina muchísimo empleo sin crear nuevas fuentes de ingreso, la propia economía podría frenarse por falta de demanda.

Por eso creo que deberíamos empezar a hacernos preguntas diferentes:

  • ¿Quién recibirá el valor económico que genere la inteligencia artificial?
  • ¿Cómo se distribuirá esa riqueza?
  • ¿Qué haremos con tanto tiempo libre?
  • ¿Cómo redefiniremos el propósito del trabajo cuando deje de ser una necesidad para millones de personas?

Los caminos que hoy se discuten

Nadie sabe con certeza cómo se resolverá esto. Lo que sí existe son varias ideas sobre la mesa, cada una con promesas y con críticas.

Una primera idea es la renta básica universal. El Estado entregaría a cada persona un ingreso periódico, suficiente para cubrir lo esencial, por el simple hecho de existir, y quien quiera ganar más podría trabajar. Sus defensores dicen que reduce la pobreza y sostiene el consumo. Quienes la cuestionan preguntan quién la financia y cómo se define un monto adecuado.

Otra idea son los impuestos a la automatización. Una empresa que reemplaza a miles de trabajadores por inteligencia artificial pagaría más impuestos, y esos recursos financiarían educación, salud o programas de reconversión laboral. Sus críticos advierten que gravar demasiado la automatización podría frenar la innovación.

Una tercera idea propone que más personas sean dueñas del capital, y no solo receptoras de un salario. Ya ocurre en pequeña escala con fondos de pensiones, fondos indexados o cooperativas. La propuesta es ampliarlo para que buena parte de la población participe de la propiedad de las empresas y de la infraestructura de inteligencia artificial. Así, alguien recibiría ingresos aunque no trabajara ese día.

También está la posibilidad más optimista. Que aparezcan trabajos nuevos, como ocurrió con el lanzamiento del computador o el internet. La duda es si esta vez surgirán al mismo ritmo, o si la inteligencia artificial automatizará esas nuevas ocupaciones casi tan rápido como aparezcan.

En todo caso, hay un escenario que creo que es inminente y que romperá con el empleo como lo conocemos hoy:

Lo más probable es que el trabajo remunerado deje de ser el centro de nuestra vida. 

Si la tecnología produce gran parte de lo necesario, quizás dediquemos más tiempo a crear, investigar, enseñar, cuidar a otros o construir comunidad. En ese escenario el trabajo seguiría existiendo, aunque el empleo remunerado dejaría de ser el eje alrededor del cual organizamos todo lo demás.

El cambio más difícil quizás sea psicológico

Esta nueva realidad, más allá de lo económico, impactará lo más profundo de nuestra identidad como seres humanos. 

Durante miles de años, ser útil significó producir algo que otras personas no podían producir. Si una máquina escribe, programa, diseña, diagnostica o negocia mejor que nosotros, es natural que muchas personas se pregunten para qué sirven.

Esa es una pregunta profundamente humana. Y quizá ahí esté el verdadero cambio. Tal vez el reto deje de ser demostrar que somos más eficientes que las máquinas, para convertirse en decidir qué valoramos como sociedad cuando la eficiencia ya no sea un recurso escaso.

¿Y los abogados?

Volviendo a esa firma que imaginamos, la pregunta más interesante tiene que ver con lo que aporta un abogado cuando la tecnología ya redacta un borrador, revisa un contrato o resume jurisprudencia en segundos.

La respuesta apunta a aquello que siempre fue profundamente humano en esta profesión (el criterio, la estrategia, la relación de confianza con el cliente y la capacidad de leer un contexto para tomar decisiones difíciles).

Mi impresión

Mi impresión es que estamos entrando en una etapa distinta. Durante mucho tiempo el trabajo humano fue indispensable para producir riqueza, y por eso funcionó como el principal mecanismo para repartir ingresos.

Si una parte muy importante de esa producción empieza a depender de sistemas automatizados, lo más probable es que tengamos que encontrar nuevas formas de distribuir el valor que esos sistemas generan. Tal vez con renta básica, tal vez con más propiedad compartida, tal vez con mecanismos que todavía no existen, o con una combinación de varios.

Lo que sí me parece claro es que la pregunta central se va a desplazar. Durante décadas nos preguntamos si podíamos producir suficiente. La próxima gran pregunta será cómo repartimos los beneficios de esa producción. Y esa transición, más que la propia inteligencia artificial, podría ser uno de los grandes desafíos de este siglo.

Para los equipos jurídicos, esa reinvención empieza hoy. Decidir qué tareas vale la pena soltar, en qué actividades queremos concentrar nuestro talento y qué tipo de valor queremos ofrecerles a nuestros clientes.

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